Entré al dormitorio, viendo hacia atrás, hacia la puerta. Temía que alguien me hubiese seguido hasta ahí. La puerta rechinó. La madera antigua de la época de mi bisabuela, la que quedó aun después del terremoto, me delató.
Oigo pasos detrás de mí. Alguien viene.
Doy un paso más y entro al dormitorio, sin cautela y apresurada por cerrar la puerta delatadora a mis espaldas.
Estoy a salvo aquí. Han pasado ya varios meses desde mi última visita. Necesito encontrar luz, ventanas, algo que me diga hacia dónde ir.
...
Por fin veo la ventana de atrás.
Recuerdo todas esas noches en que subía al dormitorio a ver a aquel tipo que me ponía nerviosa. Esos días acabaron hace mucho tiempo.
Ahora veo a mi tipo, al tipo de todas.
Es el tipo de todas, porque es el tipo de hombre que cualquier mujer cuerda, no tan cuerda y nada cuerda voltearía a ver en cualquier lugar.
Es el tipo que mis ojos perseguían cada vez que nuestros horarios de descanso coincidían (por obras del destino, pensaba yo). Es el tipo que fingía saber hacer las cosas y recordarse de todo para ocultar su ansiedad al verme ayudarlo.
En repetidas ocasiones yo llegué a "saludar a mis amigos", sólo para verlo y ayudarlo en sus "sé cómo se hace, pero no estoy seguro". Fue indiscutiblemente una buena casaca para comenzar algo lindo.
...
Por fin me acerco, entre un mar de recuerdos y garabatos en mi mente, abro la ventana y me inclino a observar el vidrio quebrado. Otra ola de recuerdos perdidos hasta hace un momento.
Veo el brillo de la Luna, bella como siempre. Es esa hermosa señorona a veces blanca, a veces amarilla, a veces ausente. Su espléndida forma de reflejar la luz de su compañero, el señor Sol.
Esos dos tienen algo oculto, y sea lo que sea, me fascina.
Alumbra más el dormitorio. Doy una vuelta de 180 grados y la veo. De pie. Su delgada figura y su guapa apariencia.
...