lunes, 14 de octubre de 2019

LECHE MATERNA

Lunes. Recién empezaba la semana laboral para algunos. Era una ciudad nueva y un país totalmente nuevo. Nuevos compañeros, nuevos jefes... Mismo trabajo de mierda: call center. Cuando vivía en mi país, trabajé en un call center por tanto tiempo, que me hizo sentir que lo sabía todo: a seguir las reglas, a buscar "las letras pequeñas del contrato" y a salirme con la mía. Cuando uno trabaja tanto tiempo en esos lugares, uno aprende a manejar el sistema a su beneficio, hay que ser inteligente y pasar desapercibido. Siempre. Que nadie se dé cuenta de tu existencia; y si lo notan, que no estén al tanto de todos tus movimientos.

Ellos tenían un sistema de catástrofes: se basaba esencialmente en avisar al supervisor lo que estaba sucediendo y mantener la calma. Claro, uno nunca mantiene la calma cuando está en medio de una catástrofe. Y es que honestamente, ¿quién se calma cuando sabe que hay una bomba a punto de explotar en el edificio donde casi estás viviendo?


Por suerte esas cosas no pasaban en mi país. Mi país era caos en general, pero cada quien decide tener una vida igual de caótica o vivirla en paz. En mi pueblo, cuando alguien se metía a tener problemas con otra persona sin razón, terminaba torturado con la piel hirviendo en llamas después de una buena apedreada. Mi gente cree en la justicia del castigo maya.

Me mudé. Mi familia creía que era lo mejor para mí y yo estaba de acuerdo. La verdad es que cuando decidí irme, no pensaba exactamente en este lugar. Aquí tienen una fama de estar dementes. La gente aquí llega a bombardear otros países, matanzas en los cines, en conciertos, en escuelas públicas, edificios derrumbados, taxistas embarazadas asesinadas a puñaladas de desarmador por un joven que luego huyó en el mismo taxi que recién había robado de su víctima... Nope, esto no era mi idea de mudarme a un lugar mejor. Pero era lo que había, era lo más cercano a estar lejos de mi país y de mi tormento.

Si de algo somos famosos en mi pueblo es de normalizar la violencia en casa, del machismo. Yo no quería ser parte de eso, no quería convertirme en una cifra en el titular de los periódicos de los martes: "Mensualmente mueren 62 mujeres de forma violenta". No, gracias. Yo no quiero ser una de ellas. Yo quiero luchar por mi vida y por mi bebé. 

Mi pequeño humano en desarrollo creado en mi vientre. Es necesario cuidarme para que esté bien y todo cuidado empieza en su alimentación. Desde mi embarazo había decidido regresar a mis raíces primitivas, seguir mi instinto maternal como todo mamífero y alimentar a mi bebé con mi propia leche. Aprovechar todos los nutrientes que yo consumía y que mi angelito creciera sano, fuerte e inteligente: un súper humano.

He investigado acerca de la leche materna, sus beneficios y sus ventajas sobre cualquier producto promovido por el marketing. Conozco mi cuerpo, sé que puedo crear un humano mejor que cualquier otro bebé alimentado con fórmula infantil. Conociendo poco a poco el cuerpo de mi bebé, sé enteramente que puede ser mucho más sano de adentro hacia afuera. No es relativo, es un hecho. 

En algún sitio de internet, según me dijeron, hablaba de cómo alimentar a los bebés con leche materna exclusiva por mucho tiempo puede llegar a crear seres superiores, pequeños dioses todopoderosos, y que en esta nueva generación se concientiza a las mamás a promover la lactancia materna exclusiva durante toda la niñez. El fin es crear una raza superior a la existente. Destruir lo que conocemos y crear un mundo nuevo, como si las mamás fuésemos las diosas del nuevo milenio destinadas a engendrar a miles de pequeños Mesías que vienen a destruir el mundo como un asteroide con los humanos-dinoasurios (nosotros, ahora) hace millones de años y crear su nueva especie. Todo esto, guiadas por las voces del Espíritu Santo reencarnando en cada líder promotora de una niñez con LME.

Por como lo redactaron, sonaba como un veneno de araña que en este caso no te convertía en tu súper héroe favorito, sino en un súper villano; un líquido bioinfeccioso que creaba humanos apocalípticos.  Podría ser que lo leí desde un punto de vista cristiano-inocente y que realmente no era algo tan malo. Podría ser lo que el mundo necesita: una reinvención. Pero todo esto me suena a mito. Me suena falso. No se puede creer todo lo que se encuentra en internet. 

Todos los días llegaba a visitar el baño de la enfermería en mi edificio. Al menos podía decir que si algo bueno tenían en este call center, era apoyar a las mamás que daban pecho a sus bebés dándoles un espacio para extraer la leche mientras estaban en su turno laboral. A las 3 de la tarde y a las 8 de la noche puntualmente llegaba a pedir permiso para entrar a su baño. La ventaja de este baño era la privacidad. Nadie más que las enfermeras y doctores tenían acceso a él. Nadie; ni las mamás que llegaban a exprimirse, ni las personas que llegaban a hacer limpieza, ni empleados con emergencias gastrointestinales en apuros porque la fila en el baño regular estaba demasiado lleno. Nadie más que enfermeras y doctores podían abrir sus puertas. Ahí me sentía segura, amando cada gota de leche que salía de mi pecho. Las veía caer llenando el bote de 6 onzas como si fueran lágrimas. Mis pechos lloraban de felicidad sabiendo que eran suficientes para alimentar a mi humanito; lloraban de tristeza extrañando sus pequeños abrazos. Lloraban a chorros.

Fue un jueves, a las 4 y media de la tarde aproximadamente cuando llegué a mi visita diaria. Me atrasé y mis pechos estaban por explotar. Apresurada toqué la puerta de la clínica. Iba tan apurada, que si me estuviera viendo a mí misma desde los ojos de una tercera persona, hubiese pensado que estaba a punto de soltar mis esfínteres y hacer un desastre en el camino. La enfermera abrió la puerta y platicamos un rato. Le mostré una foto de mi bebé. Me felicitó. Lloré de felicidad; porque la diferencia se notaba, dijo ella. Estaba grande y rebozaba de salud. Junto con las lágrimas de mis ojos, venían las de mis pechos queriendo hacerse notar en mi blusa como dos ballenas expulsando agua por el lomo. No los dejé y corrí al baño. Espero. No tengo acceso. La enfermera me sigue y abre la puerta con un amable "pase, ahorita no hay nadie". Excelente, necesito este momento. La seguridad del ambiente mientras mi agua bendita y poderosa brota como cascadas repletas de intensidad, me hace sentir paz infinita.

Mis primeras 5 onzas esperaban que las últimas lágrimas cayeran de mis pechos para guardarse en la hielera. Mientras yo vivía en mi mundo atorado de oxitocina difuminando el exterior, repentinamente escucho a lo lejos un estruendo viniendo de la habitación de al lado. Todo parece estar bien, no hay alerta de bomba ni de incendio. El edificio sigue en pie. Luego recuerdo, a esta hora no hay gente en la cafetería. Espero en silencio. La euforia empieza a disminuir y siento cómo una avalancha de ansiedad va entrando por mis oídos y cae lentamente hacia mis pies. Apago mi extractor de leche que de silencioso no tiene nada y espero noticias. Nada. 

Han pasado varios minutos y mi mente los ha convertido en horas. Aun no he sabido nada y quiero salir a ver. Afuera de mi capullo privado no se escucha sonido alguno. El silencio me asusta más que el mismo estruendo de hace un momento. Me acerco a paso lento a la puerta para salir y escucho que alguien copia mis pasos desde afuera como si fuera un espejo. Me detengo, se detiene. Doy dos pasos atrás, los pasos de afuera se acercan a mí. Busco a mi alrededor un lugar para esconderme, pero este es un baño. No encuentro salida ni escondite. Mi lugar de paz se va esfumando paso a paso. Me siento en un rincón y espero pacientemente; después de todo, nadie tiene acceso a esta puerta. Los pasos del cuarto contiguo se alejan y se escucha un forcejeo. Se acerca nuevamente. Veo sangre queriendo entrar por debajo de la puerta como un hilo de silicón derretido. Suena el dispositivo de acceso al baño y veo la mano de la enfermera caer al suelo. Mi compañero, el más callado y misterioso finalmente decidió vengar sus vacaciones negadas de un año anterior, cuando el tío con quien se crió, falleció. Ahí estaba él cubierto en sangre frente a mis ojos, cansado del forcejeo con la mano de la enfermera; cansado de apuñalar a los policías de la entrada, cansado de su turno y de la existencia ajena. Sediento de más sangre. Ve mi leche recién servida, tibia y blanca. Perfecta. La bebe sin pensarlo dos veces y muta a una bestia despiadada.

Yo temblaba aterrorizada como si fuese un bebé sacado de una piscina al mediodía directo a la interperie. Intenté llamar a Emergencias, pero mi teléfono no reconocía mi huella vibrante en miedo. 

Quise seguir el protocolo y mantener la calma, quise avisarle a mi supervisor. Fue muy tarde, fallé.
 
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