Tras siete días exactos de separación desde el domingo 2 de marzo, llegó el momento de vernos nuevamente. Una última vez. La última vez a la que podría llamar "nuestro apocalipsis".
Había estado evitando ese momento al preferir hacer cosas fuera de rutina: salir con mis amigos.
Finalmente, llegó el momento: Me inquietó sin saber si era buena o mala esa inquietud. Por un momento sentí que era de esas malas cosas que sentimos de repente. Luego sentí que era una de esas inquietudes alegres y bien ansiosas de ver a alguien al salir de estudiar. ¡Tan hermoso ese sentimiento!
Tristemente duró muy poco.
Después de una plática extensa de cosas de aquí y allá, de lo que creímos importante y no lo era, de lo que no creímos importante y sí lo era, de los errores, de las cosas alegres, de ellos y aquellos, de "nosotros" y un ir y venir de "tú" y de "yo"... paramos riendo como antes, como siempre, como nunca más.
Un abrazo y un par de cataratas de nuestros párpados curaron tanta cosa mala. Fue entonces cuando tuve ese sentir de ser y estar, de volar a su lado, de querer estar ahí por mucho, de saber que estaba todo bien. Y estaba todo bien porque ya no era. Porque entendimos que siendo, dejamos de ser.
Paz.