sábado, 6 de junio de 2015

PRENATAL

Gris se veía el panorama mental para una nación entera. Poco a poco. El negro se apoderaba un poco más del ambiente. Ella había escuchado y aprendido un poco de la forma de comunicar mensajes y descifrar mensajes ocultos. Lo subliminal. Le atemorizaba pensar que esa voz que le había hecho abrir los ojos tenía razón.
Cada neurona, cada hormona, cada lágrima, grito, suspiro estaban encadenados a ese sentimiento de odio, de tristeza, que gateando iba creciendo dentro de ella.
Así como esa tristeza que la quería conquistar por completo, había también un sentimiento de frustración y decepción hacia ella misma. Ella sabía que al crecer, debía tener más responsabilidades; sin embargo, no se sentía lista.
Complicado. Todo en ese momento era complicado. Ella lo sentía complicado. Sus amigos lo sentían complicado. Su familia no estaba enterada de nada, y eso no hacía nada más que complicar más la situación.
Abrumada. Tanta emoción mezclada era como un vómito de colores basura, colores pastel. De esos vómitos que te hacen querer vomitar el doble de lo que tus sentidos pueden sentir.

Odio, rechazo, condena propio era todo lo que podía percibir  en sí misma. Se asqueaba de lo que le rodeaba, quería que todo terminara lo más pronto posible.

Un amigo. Dos amigos. Tres amigos en total supieron el hecho.
Los tres que siempre la habían apoyado y con quienes ella se sentía bien. Cómoda, segura, bien en todo sentido.
Pasaban los días y finalmente llegó el día 11.
Llamadas se hicieron, caminatas, diarreas mentales de tanto garabato que había en ella. Sus lágrimas no se  detenían. Su corazón palpitaba como nunca. Los brazos de su amigo la rodearon y le hicieron saber con una voz cálida que todo estaría bien; le pidieron que dejara de llorar, y con ello, dejara de mojar su playera.

Al mediodía los resultados. Después de correr a la farmacia con su amigo para comprar esa prueba y un frasco para depositar lo que podía ser su condena eterna.
Pensaba en todo lo que podía pasar, haciendo un recuento de posibilidades cual fuera el resultado. Esos 3 minutos fueron totalmente eternos, imperfectos, llenos de ansiedad, de felicidad... De tristeza.

Tenía muy claro que esa no podía ser la razón de todo lo que sucedía en ese tiempo.

Ella tenía todo lo necesario y más para estar bien, para calmarse. Sabía que mientras más asustada estaba, iba a ser más probable que siguiera teniendo motivos para sentirse mal.

Recordó entonces, todas esas veces que había pasado por la misma situación antes; y pensaba en que nunca antes había sido tanto tiempo el que durara la casaca.

Mientras tanto, un pequeño ser crecía dentro de ella, y le dolía pensar que su madre lo quería sacar de su cuerpo. Luchaba por su vida. La pateaba, la aruñaba, la mordía como el pequeño demonio que era. Prefería seguir con vida y que su madre muriera, porque sabía que aún muerta su progenitora, él podría seguir creciendo. Era un demonio, uno de esos que fingen ser algo y no lo son. Uno de esos que te engañan para que les tomés cariño y luego puedan apuñalarte muchas veces, quemarte, ahogarte, sacarte los ojos y todo por dentro. Sí, uno de esos demonios.

El padre, por su parte, le hablaba para saber cómo estaba el progreso de la criatura. No lo quería, igual que la madre. Ambos sabían la gran responsabilidad que eso significaba y no estaban listos. Ella no quería ya nada con él ni con la criatura. Él no quería nada con ella ni con el fruto de lo que entonces fue su amor. Le pedía sacarlo y ella estaba dispuesta a hacerlo, con tal de no tener nada que la tuviera atada a él de ninguna forma posible.

Finalmente, los tres minutos de la prueba habían pasado.
Corrió a ver el resultado. Sacó ansiosamente la tapa y vio... Una raya. ¡Una raya! ¡Una raya! Lloraba de la felicidad de saber que era negativo. Que ese que sentía dentro no era más que una ilusión que su mente le había jugado. Juego sucio. Juego maldito. Un juego, al fin. Por un momento se sintió triste de pensar que realmente no existía, pero su felicidad era inmensa. Su atención al entorno era completamente nula. Seguía sonriendo. Seguía llorando. Seguía riendo.

...Pero su nación seguía gris.

 
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