lunes, 23 de mayo de 2016

MACHOS (2)

He escuchado a mami llorar. Aun no sé nada de papá desde que estamos aquí. Comienzo a creer que sólo es una ilusión de mami. Un amigo imginario que la mantiene en paz.
He escuchado de un tal Dios. Mami habla mucho de él. Nunca lo he escuchado. Mami tiene muchos amigos imaginarios. Creo que eso le ayuda a no sentirse sola. Tranquila, mami; estamos contigo. Mi hermano y yo, siempre estaremos contigo. No te rindas.

- ¡JAJAJA, Eres un estúpido! ¿De verdad crees que te va a escuchar? ¿Crees que sabe lo que piensas? No, idiota. No lo sabe. Apenas te quiere con ella, ¿qué te hace pensar que le importa si estás o no aquí? Ella quiere sacarte, quiere olvidar que alguna vez fuiste parte de su vida.

-Oye... desde que estamos acá, ¿tú sabes algo de papá?

- Sí, sé que me ama.

- No, me refiero a si has escuchado su voz, aunque sea una vez?

- ... ¿Por qué lo preguntas? ¿Acaso importa? Sólo me interesa saber que me ama.

- No entiendo cómo puedes conformarte con sólo "creer" que existe.

- No es sólo eso. También sé que me ama; y que sin él, ni tú ni yo estuviéramos aquí.

---- Mientras la discusión continuaba en el vientre de la joven, ella tenía su propia discusión con su novio. Su familia le había hecho creer que tener un hijo, a sus cortos 16 años de edad, estaba mal. Con el pasar del tiempo, mientras crecían sus retoños dentro de ella, también crecía la vergüenza de su novio al verla, a que lo vieran con ella.
Él, a sus 21 años, no se sentía listo para afrontar la responsabilidad que la sociedad le imponía, manteniendo una familia. Esperaba ansioso poder estar con su novia nuevamente,mas no quería verla de esa forma.

Constantemente, veía su fotografía, que llevaba en su billetera, escondida celosamente entre tarjetas de presentación que guardaba de forma egoísta, junto a su identificación, algunas tarjetas de crédito vencidas y ajenas que seretamente utilizaba para preparar sus líneas de euforia momentánea.
Ahí, con residuos de polvillo tenía su foto; y la veía para recordar su rostro, su figura, su presencia física.

Nunca tuvo mayor interés real en su esencia de mujer, de persona; y le frustraba pensar que al haber tomado arrebatadamente su inocencia, se veía obligado a no tenerla nuevamente. Extrañaba sentir su cuerpo, su cabello, su "altar de Dios", como sus padres le llamaban y tanto le pedían cuidar hasta el matrimonio.

En el afán de la familia de Antonio, para que cambiara sus hábitos poco saludables y enormemente autodestructivos, habían creado la repentina costumbre de visitar la iglesia de su infancia. Porque "ya era hora de que buscara a Dios", decían.
Cada domingo, le obligaban a usar ropa más casual y menos de "charamilero", para escuchar la palabra de Dios, esperando que él cambiara sus amistades y los lugares que frecuentaba.

 
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