martes, 15 de octubre de 2019

Endometriosis, ¿Embarazo Frustrado?

Esta ha sido por mucho, la entrada más personal que he publicado en este blog.

Mayo 2, 2018


A diario buscaba una forma sencilla de poder explicar mi dolor de todos los días.  Quería dar a conocer el sufrir de mi existencia.
Había oído de comparaciones con dolores de apendicitis, dolor de parto natural sin anestesia.  Mis amigas y conocidas no entendían todo lo que me pasaba y hasta cierto punto imaginaban que era una débil para el dolor. "Son cólicos, eso es normal" me decían.  Yo sabía que no era normal sentir dolor intenso a diario; teniendo o no teniendo mi cita de desangrado mensual. Sabía que había una forma de hacerles entender que no, las pastillas no ayudan a disminuir el dolor.
Desde que fui diagnosticada con endometriosis, mi deseo de heredarle mi ADN a un pequeño ser era más fuerte; pues "si este dolor de parto lo paso todos los días, una vez más no va a ser mayor cosa" me repetía a mí misma.
Tal vez era berrinche: el saber que el diagnóstico positivo de un posible embarazo era prácticamente nulo.
Tal vez era nostalgia: el pensar que nunca iba a ver una versión pequeña de mi forma humana.
Tal vez era el creer que podía ayudar a mi entorno, con una pequeña vida siendo una versión mejorada de todas las malas experiencias que había visto y vivido, duplicando las experiencias buenas de la vida.
El procurar educar a ese humanito mejor de lo que hicieron en mi infancia.
La promesa que había hecho la pequeña Khrista de no cometer los mismos errores que habían cometido con ella y sus queridos. 


En fin, habían muchas cosas que me hacían sentir una frustración inmensa, por tener la esperanza de ver un bebé propio en mis brazos.

Por mucho tiempo de creer que mi problema eran quistes en algún lugar de mi aparato reproductivo (pues era la única enfermedad que me habían hablado en mis años de colegio para sufrir un "dolor excesivo" durante la bendita regla); yo no podía categorizar mi dolor como "excesivo" y el único exceso era la cantidad de medicamentos que tomaba a diario para evitar el dolor... siendo el único resultado la evaporación de mis lágrimas silenciosas por no poder detener su intensidad y no querer hablarlo con nadie.

En mi cabeza, ir al médico era un gasto innecesario para que alguien especializado en un área de mi cuerpo me confirmara lo que en mi mente estaba claro: "no es nada grave, se te va a pasar con el tiempo".

La verdad fue que pasados los años, las molestias no hacían más que aumentar; tanto en variedad, como en intensidad.
Dar un paso significaba para mí un desmayo seguro. La palidez en mi piel, la fiebre en el cuerpo, mi presión en descenso como una manzana chocando con la frente de Newton. Todo empeoraba, y el problema más grave era mi negación de la existencia de un problema y mi nula voluntad de ir con un médico. 


Una persona muy cercana a mí, estuvo conmigo cuando el diagnóstico fue "creo que tenés endometriosis". Lo primero que le dije al Dr. fue "Eso es mejor que tener quistes, verdad?"

Su respuesta, nada alentadora, fue: "Hubiera preferido que tuvieras quistes a que tengás endometriosis. Necesito hacerte una laparoscopia para descartarla."

En ese momento yo no entendía qué significaba "laparoscopia" ni mucho menos "endometriosis".
De pequeña tuve mi época de querer trabajar en una morgue, y estaba consciente del tiempo que iba a tener que pasar con los cuerpos fríos, me fascinaba la errónea idea de ver sangre estallar en los cuerpos internamente... Mas nunca pensé que en mi cuerpo llevaba (involuntariamente) una fuente de sangre que como un río fluía continuamente y desviaba su desembocadura a donde se le daba la gana.

Tener endometriosis es algo serio. 
Tener endometriosis no es un dolor mensual que "se te va a pasar tomándote un par de Dorival".
Tener endometriosis es no tener las fuerzas para levantarte de tu posición fetal, pero tener que hacerle ganas porque la vida no puede frenar con un "dolorcito de ovarios".
Tener endometriosis es sufrir a diario y al mismo tiempo amar tu cuerpo con cada cambio que provoca en él mismo.

En ese momento, lloré y supe que en la vida había llorado demasiado por muchas cosas que no valían la pena tanto como mi propio bienestar.

En fin, llegó el día de la intervención.
Primera vez que me anestesiaban. Un poco en el tubo del suero y otro poco de anestesia espinal. Mi única pregunta fue "me puedo llevar el video?"
(Había salido el día del sanatorio cuando me diagnosticaron, a "googlear" qué era eso de laparoscopia y endometriosis. Laparoscopia, según había entendido yo, eran dos pequeños orificios en el abdomen: uno para inyectar un gas y darle espacio a otro pequeño tubo en la segunda incisión donde una cámara iba a descartar la endometriosis. Aun no estaba muy segura de qué era lo que buscaban, pero sabía que todo estaría bien).

El anestesiólogo me vio, un poco extrañado y me respondió con otra pregunta, "te van a grabar?".
Momento de confusión extremo en mi cabeza. "Eso es lo que van a hacer, no? Van a meter una cámara en mi abdomen... no?"

Él me mira aun más confundido y me dice que la intervención es una operación abierta.

En el mismo momento en que apenas estoy cayendo en el agujero negro de pensar que no eran dos simples incisiones, entra el médico y confirma lo que yo apenas acabo de enterarme: sí, es una operación abierta.

Oscuridad total. La anestesia hizo efecto y yo caí en la camilla muerta de miedo.


Pasa un tiempo y yo abro los ojos sintiendo cómo mi piel del ombligo hacia abajo está siendo halada de un lado a otro, como cuando buscamos algo perdido en nuestra cartera y revisamos en todas las bolsas escondidas dentro del forro. Logro levantar un poco la cabeza y veo al Doctor con una enfermera al lado. Otra vez oscuridad y vuelvo a caer en la camilla.

Despierto ya en la cama de mi habitación (mi mamá ♥ quiso que mi recuperación fuese de lo más tranquila posible y consiguió para mí una habitación privada). Mi cuerpo adolorido, una sonda para orinar sin ningún tipo de sensación en las piernas. Dolor de cabeza extremo y todos los síntomas que puedan pensar con los efectos de la anestesia.

En ese tiempo, la persona con quien estaba saliendo y yo habíamos hablado -en broma- de tener 21 hijos. La idea era intentarlo por 3 años y si no funcionaba ningún método, la adopción era una de las opciones a considerar. Eventualmente, decidimos que viajar era lo mejor. Conocer el mundo sonaba como una idea excepcional.

Durante la recuperación, el dolor de la misma endometriosis era igual de intenso, las fiebres no cesaban y los bajones de presión eran cada vez más regulares.

Mi tratamiento entonces fue tomar anticonceptivos durante sólo el resto de mi vida... El plan era detener la menstruación y así evitar que el tejido creciera dentro de mí.

La idea de volverme una joven con menopausia no hacía que me brillaran los ojos de emoción. Pasados unos cuatro meses de estar tomando la pastilla a diario, misma hora todos los días y que las molestias no disminuyeran me hizo detener el bendito tratamiento y buscar otras alternativas.

Me habían hablado de acupuntura, té de manzanilla cada vez que me doliera, dormir para olvidar el dolor, dieta estricta. A este punto, yo ya no confiaba en nada ni en nadie.
Quería confiar en mi cuerpo, en dejar que fluyera y seguir haciéndome la fuerte, aunque desmayara en el intento -literal-.

Pasé más tiempo del normal sin menstruación y me dolían los pechos. Mi mente me decía que estaban creciendo y me ilusioné tanto por pensar que llevaba un pequeño ser dentro de mí. ¡Al fin! ¡Voy a tener un bebé! ¡Estoy embarazada!  No quise decirle a nadie, porque aun no estaba segura, pero muy dentro de mí la emoción era inmensa y quería gritarle al mundo la felicidad que sentía de haber podido engendrar a un pequeñín. Pensaba en cómo mi vida iba a cambiar, en los cuidados que tenía que llevar, en la ropa de maternidad que iba a usar, en los zapatitos de bebé que iba a comprar, en sus juguetes, su cuna, sus pachas, en cómo iba a peinarlo o peinarla, en si iba a usar pañales de tela o deshechables, en las compotas caseras que iba a prepararle...

Una mañana, me despiertan para hacer un viaje a Chimaltenango. El destino: Sanatorio *** con hermano Tito.

Hermano Tito es una persona de confianza de una familia en quienes yo confiaba. Decidí darme una oportunidad. No tenía otra opción, ya iba en camino.

Estando en el sanatorio, mi presión comenzó a bajar como practicando bungee con una cuerda defectuosa, sin elástico. Salimos a caminar un poco al jardín, a recibir un poco de aire. Entramos al consultorio y entre plática y examen con un aparato que mis ojos veían por primera vez, hermano Tito sabía cada afección existente en mi cuerpo y recetó un tratamiento nuevo: un té diario de varias hierbas, un par de pastillas y una dieta vegana.

El dictamen de mi embarazo mental: mastitis. ¡Una simple mastitis! Mis pechos hinchados y adoloridos, la falta de menstruación, la presión baja... ¡todo era una mastitis! Quise llorar decepcionada de mí misma por no poder lograrlo. Un par de lágrimas rodaron por mis mejillas.

Debo admitir que la dieta no la seguí.
Para las pastillas (que han sido "amigas" mías durante una década ya), no fui tan consistente que digamos, mucho menos para preparar y beber a diario el té mágico.

Conseguimos varios frascos para conservar las hierbas y hasta un pequeño artefacto para que preparar el té fuese más fácil para mí, para que no me hiciera la loca con tomarlo. Como todo tratamiento que siento que me imponen, funcionó por un tiempo y luego cedí.

Tras varios meses de ciclo menstruante irregular teniendo hasta un mes de desangrado o un mes con el sentimiento de que se aproxima pero nada nunca salía; finalmente tuve el ciclo más irregular (esto no me había pasado en varios años): No hubo sangre en un mes. Empezando el segundo mes de sentirme libre del flujo, mis pechos crecían.

¡¿Otra vez?! Cuerpo, no podés darme este tipo de decepciones tan seguido en el mismo año. No necesito otra mastitis, no necesito que me digan otra vez que mi embarazo mental no es más que eso: mental. No necesito pasar noches encerrada en mí misma decepcionada por no poder tener una semilla germinando. No. Otra vez no.

Lloré tanto que tras un par de horas de derramar cataratas de sentimiento,  mis ojos ya estaban más hinchados que mis pechos. Me dolía, mi corazón no podía soportar que me dijeran otra vez que sólo tenía mastitis.

El huracán de emociones era tan grande, que sentí fue el causante de varias noches con fiebre, migraña, insomnio. Fracaso.

Me levanté una mañana deseando beber una taza de café, esperando que desaguara mi tristeza silenciosa.

Otra vez, no quería hablarlo con nadie. Hubiese odiado que alguien supiera que fracasé, otra vez.

Junto con la fiebre nocturna, mis mañanas estaban llenas de vómito que se extendieron poco a poco a ser náuseas de todo el día. Llegar a la casa y pensar que por el resto de mi vida iba a tener que "conformarme" con que quienes me recibieran con amor fuesen mis gatos, me hacían vomitar otra vez.

Eventualmente, ya no era solo el pensamiento de conformarme sino el olor a carne, a huevo, a queso, pensar en crema, en leche y en cualquier producto animal que hubiese cerca de mí lo que me hacía vomitar.

Una noche hablando con mi novio, me comenta que un par de días antes mi mamá le preguntó si estaba embarazada, basada en mis repentinos cambios de humor.

El único cambio de humor que yo sentía era el de querer esconder la decepción en mí. Sin embargo, externamente era más que sólo eso.

Después de escucharlo a él decirme que mi mamá lo había comentado, me hizo dudar. Me hizo ilusionarme otra vez. Lo hablé con mi amiga. Le comenté lo que sentía, la tristeza por la que estaba pasando, me disculpé por mi distancia de ese tiempo y le expliqué que no quería que nadie supiera por lo que pasaba. Ella emocionada me pidió hacerme un examen de embarazo. Lo negué. Dije que era mastitis. Otra vez lagrimeé y volví a dudar.

Martes 4 de dicembre, 2018: Quise que alguien me diera un remedio para los vómitos y la fiebre. Una pequeña visita con la Doctora de mi trabajo y la pregunta rutinaria: "Cuándo fue tu último período?"

Le pedí que no me preguntara eso, que yo sabía que eso no era posible, que mi cuerpo no estaba hecho para estar embarazada y que nunca lo iba a estar. Ella insistió en su pregunta y yo respondí.

Según mis cálculos, llevás 7 semanas de embarazo, me dijo.

No quise creerle. Mi mente se cerró al instante. Eso es imposible. No, gracias por querer ilusionarme, pero solo quiero algo para la náusea y la fiebre. Gracias, me tengo que ir.

Me dejó ir con una receta para hacerme una prueba de sangre de embarazo. Porque, por mi historial de endometriosis, las pruebas de farmacia podrían darme un falso positivo o un falso negativo.


Planeé ir a un laboratorio ese mismo viernes, me quedaba en el camino al trabajo.

Jueves 6: Otra noche de lágrimas. Mientras me escondía bajo el edredón, había una guerra en mi cabeza entre el pensar que era solo una mastitis otra vez y el pensar en la taza de café que había bebido una semana antes y que le podría estar haciendo daño a mi bebé.

Otra vez mis ojos más hinchados que mis pechos y el corazón más adolorido que los mismos.

Viernes 7: Entro al laboratorio (después de casi vomitar en el camino por los nervios) y pago mi examen. La muchacha que intenta sacar sangre de mi brazo derecho se distrae con una llamada perdida y pierde mi vena un par de veces. Me frustro un poco, pero lo dejo pasar. Lo que me interesa es el resultado.

Salgo nuevamente a recepción y me informan que el resultado lo envían por correo electrónico por la tarde. Era una espera de aproximadamente 5 horas. Toda una vida que debía esperar, según mi ansiedad.


Pasé pensando toda la mañana en esos últimos días. El fin de semana era cumpleaños de mi mamá y si el examen salía positivo, ese sería mi regalo; caso contrario, tenía que pensar en otro regalo que pudiera igualar o al menos alcanzar el amor de mami que ella tiene. Pensaba también que me había hecho el examen lo más pronto posible, pues si era positivo, tenía que asegurarme que estaba bien, que no le había hecho daño con ese café, que estaba creciendo en el lugar correcto, que estaba vivo, que tenía que conseguir prenatales y ácido fólico, que mi alimentación iba a cambiar.

Lunes 29 de julio, 2019.

Ha pasado un tiempo desde que hice ese examen. Hoy me encuentro en cama, aun recuperándome de la operación. 
Estamos a días de que mi pequeño retoñito cumpla un mes de vida en mis brazos, y mientras escribo estas líneas, ella está a mi lado abrazando mi ser con más fuerza que yo misma. Dándole vida y paz a mi corazón de mujer, de madre. 

Te amo, pequeña retoñito. ♥









 
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