"Cada letra en las placas de los carros tiene un significado", pensaba ella.
Vio el auto de al lado y observó detenidamente por un eterno minuto al hombre que lo conducía: moreno, lentes oscuros y un papel doblado en la frente. Mientras lo observaba, se dio cuenta del rimero de hojas que tenía sobre las piernas y que él leía tan cuidadosamente, como si se tratara de una auditoría de papeles basura.
Poco a poco veía cada detalle del hombre. Se quitaba los lentes y cambiaba de lugar el papel que sostenía con los mismos.
Se movió y vio la placa: BGR. "Boys get rude", pensó.
En el carro donde ella iba, no pensaba más que en sus enemigos. se aguantaba las ganas y las fuerzas de todo el daño que podían causarse mutuamente.
Veía a su alrededor todas las potenciales armas: un zapato de tacón de 10cm que su enemiga había dejado como evidencia de sus aventuras nocturnas. Llaves olvidadas en el cajoncillo de la puerta de al lado. Incluso su propio lapicero se había convertido en un arma mortal. Tenía tanto en mente, que le fue imposible evitarlo.
Los atacó a ambos bruscamente a los ojos, formando un suculento pincho de ojos con su lapicero. "Taco de ojo", pensó y rió en su interior. Colocó el pincho en el cartón de huevos que llevaba a la par y mezcló unos cuantos dentro de los agujeros en sus rostros, batiendo rápidamente con los tacones, logrando un color naranja y rojizo en el menjurje.
Tomó las llaves y las quiso clavar en sus pechos, pero su fuerza no era suficiente; entonces tomó nuevamente los zapatos y de varios golpes y varias puñaladas, los logró clavar en sus pechos.
Con las llaves cortó y despedazó las entrañas una a una. Disfrutó cada momento, como si fuese ese el mejor regalo de cumpleaños. Celebró un año más de su vida, con la muerte tortuosa de su némesis.
Tomó las llaves del auto, movió los cadáveres hacia el asiento de atrás y no habló más.