Él la observó desde el otro lado del auto: Esas piernas del demonio, sus perversos labios... Tenía toda una historia dando vueltas en su cabeza de lo que quería hacer en esa realidad, que en el momento era lo único que importaba. Quería hacer estallar todo ese infierno de emociones. Lentamente tocaba sus piernas, con ganas de completar el pecado, de hacerla sentir ese infierno tan caliente de placer.
Los deseos eran intensos. Tan intensos como las ganas que tiene el sol de tocar a la luna, como las ganas de respirar.La vida misma jugaba entre esos dos cuerpos. Sudorosos, ganosos. El momento se desbordaba entre ellos dos, las caricias eran un sol, y estos dos extraños podían sentir más de lo que era solamente sentir.
El roce de sus medias indicaba las ganas de tenerlo dentro. Sus reacciones al tacto hacían desear más ese momento de lujuria, de conocer lo incierto y lo más profundo.
En todo este momento de placer se escuchaba el gemir de mi cuerpo cerca del suyo. Estaba tan cerca y a la vez tan lejos.
"Incontrolable" es una palabra justa para describir el deseo de jugar y de explorar... De hacernos uno solo.
Exhuberantes curvas envueltas en el baby doll de seda, listas para sentir. Los deseos de él eran intensos, inmensos... Extensos.
Sentía cómo su mano femenina palpitaba en su cuerpo. Sentía cómo acariciaba su privacidad. Simplemente dejó que ambos se pudieran fundir uno en el otro.
La única atención que existía en el momento era controlada por el cuerpo deseoso de sentir.
El calor de sus caricias era el eje de todo. Sí, el viento y el sol nos observaban. Habían sonrisas coquetas e insinuantes y pulmones que respiraban a alta intensidad. Se tenía la sensación tan grande, que ambos cuerpos se ahogaban en tanto placer, como un mar turbulento. Los únicos acompañantes en el auto eran las suaves caricias y los fuertes gemidos, formando un revólver de emociones.
Nos observaba el universo entero, lo hacía con perversión. Nos incitaba a detenernos en algún lugar, mas no nos detuvimos.
Nuestras neuronas se negaban a pensar. Igual que nosotros, ellas solamente querían hundirse en ese momento tan íntimo.
Intimidad entre los dos, eso manejaba nuestro automóvil. El sudor fue el motor y la gasolina del mismo. El sudor corría desde el cuello hasta la espalda y ellos se sentían cerca. Era un juego de "tenta" entre la falda y las caricias.