domingo, 6 de enero de 2019

SICARIOS

Había deseado por tanto tiempo que las notificaciones en su teléfono fuesen, al menos una de tanta basura, videos de torturas.

Años atrás veía en la bandeja de entrada de sus compañeros algunos segundos de dichos videos, pero su poca (casi nula) motivación de tener amigos le hacía voluntariamente evitar contacto físico, hablado y visual. Nunca pidió.

Al no tener oportunidad de ver las torturas, su cabeza planeaba los actos más dolorosos, sanguinarios y lentos que alguien pudiese imaginar. Ella quería ver muerte. Ella quería sentir la vida de alguien frente a ella y terminarla poco a poco; porque ella era una diosa. Tenía el poder.
Cada corte lo había perfeccionado de tal manera que podría asegurar dolor intenso sin matar a su víctima al primer intento.


Estaba en su oficina, donde varios de sus compañeros tenían descanso (no programado, sino el trabajo mismo estaba en temporada baja y los empleados podían tomarse un tiempo para cada quien) y los teléfonos con whatsapp nunca faltaban.

Había heredado un don que le permitía ver varias escenas de la vida con las acciones y los posibles resultados de cada una, como si pudiese anticipar todos los movimientos y sus consecuencias cuando ella quisiera. Era así como imaginaba infinidad de escenas de muerte de la gente que le rodeaba, siendo ella el personaje principal del rodaje.

Finalmente, conoce a un amigo.
Este amigo recibe uno de los videos que ella deseaba ver por tanto tiempo y se lo muestra.
Ella emocionada, le pide que se lo envíe y él así lo hace. Cada semana, como una cita inesperada, su teléfono era testigo de esos momentos de tortura que ella moría por realizar.

Pasados los meses, ella y su compañero hablan de dejar a un lado estos videos y empezar a idear un plan para crear uno propio.

Una lluvia de ideas caía como tormenta en sus mentes, mientras el resto de sus compañeros de trabajo eran las víctimas. Ambos sabían las debilidades de cada uno y conocían exactamente cómo acercarlos poco a poco a su lecho de muerte, sin que ellos supieran.

A William, el primero, lo despielaron estando ebrio con una navaja. Su propia navaja. Gotas de alcohol cayeron sobre su cuerpo sin piel. Pequeñas gotas de limón rodaban sobre su rostro que gritaba de dolor mientras ellos reían de su sufrimiento. Ella amaba cada segundo de esa primer tortura.

No hubieron testigos, pues era el primero en sufrir. Lo único que este pobre perdido había hecho, era trabajar con este par de desalmados.

A Julio, el segundo, lo amarraron a un poste donde le daban pequeños toques eléctricos cada cierto tiempo, para mantenerlo despierto. A diario subían intensidad en cada choque, mientras experimentaban con su cuerpo como lo hacían los rusos. Se creían parte del Escuadrón 731 y les encantaba la idea.

Inyectando un poco de agua salina en su cuerpo, para hacer apuestas en cuánto tiempo aguantaba su cuerpo antes de morir. Los choques eléctricos los ayudaban a alargar este lapso.

Sabiendo que el cuerpo no iba a durar mucho, empezaron a inyectarle más mezclas: Picante para condimentos, pimienta con consomé en caldo, sangre de menstruación y gaseosa con whiskey hasta que finalmente su vida se desvaneció.

El cuerpo pelado de William fue el único testigo.

El tercero, Bruno, fue el más desdichado. Su sufrimiento se basaba en sus propias addiciones.
Los ángeles de la muerte, como ellos mismos se hacían llamar, podían gozar de las adicciones de Bruno, frente a él, viéndolo rogar por un poco de esas sustancias que lo habían hecho disfrutar por tanto año.

Ellos veían a Bruno defecarse y probar hacer una especie de jenkem, para sentir el efecto placebo en su mente y cuerpo; pero no lograba alcanzar el placer infinito que le daban las sustancias que ellos se daban el lujo de consumir frente a sus ojos.

Bruno estaba encerrado en una jaula con candado, de donde no se le permitía salir ni para comer y el agua la tenía prohibida.

Una semana duró sin beber ni comer. Lo único que lo mantuvo vivo durante esa eterna semana era la esperanza de que algún día iba a salir de su jaula para disfrutar junto a sus compañeros un poco de sus barbitúricos. Nunca se le dieron. Bruno se volvió loco y finalmente falleció.

Bruno no tuvo testigo, pues su compañero ya había desistido.

Ella había aprendido a hacer sufrir a sus compañeros y le agradecía a su amigo; pero esto no era suficiente. Ella quería más tortura.

Decide entonces dormir a su amigo con un poco de Circadin que había logrado conseguir con sus amigos mochileros.

A su amigo lo mata a machetazos. Prefiere que sea una muerte rápida para retirar el cuerpo inmediatamente.

Ella desaparece del mapa y empieza una nueva vida. Sale en busca de un empleo nuevo.

 
Khrizarra. Template Design By: SkinCorner